miércoles, 5 de octubre de 2011

PARTE LXX (Por Paola)

En su camarote, Ricardo esperaba impaciente la llegada de Julia. Había escuchado jaleo en cubierta, pero como Julián no lo había avisado por el walkie ni lo había ido a buscar supuso que serían los jóvenes haciendo de las suyas, y no se preocupó. Se miró una vez más al espejo, examinando su barba, pero decidió no tocarla más. Eran las nueve y cinco, Julia llegaba tarde y cada vez estaba más nervioso. ¿Y si no se presentaba? En ese momento llamaron a su puerta, y todas sus dudas se disiparon. Sabía que era ella por la forma en que sus nudillos habían golpeado la puerta, de forma suave pero con determinación. Abrió la puerta y allí estaba: preciosa, con un vestido beige que parecía hecho a medida. Ricardo recordó el primer consejo que le había dado Ainhoa y se acercó para abrazar a Julia; lo que no esperaba era la reacción de ella.
Julia se aferró al abrazo de Ricardo y apoyó la cabeza en su hombro, sin poder evitar que alguna lágrima brotase de sus ojos y echase a correr por sus mejillas. Diez minutos atrás había visto con sus propios ojos a su antiguo amor, aquel que había creído muerto. Las emociones que se arremolinaban en su interior eran demasiadas, y al sentir que Ricardo la abrazaba no pudo soportarlo más y tuvo que sacarlo todo. Los dos estuvieron así varios minutos, en silencio, sin que Ricardo la presionase para que le dijese qué pasaba. Finalmente, cuando ella se sintió con fuerzas se separó de él y se secó las lágrimas que quedaban en sus mejillas.
-Perdona, he tenido un momento de debilidad.
-No pasa nada, Julia. En esta situación lo más normal es explotar de vez en cuando. ¿Te encuentras bien?
Julia sintió deseos de contarle con todo detalle lo que sabía: todo el Proyecto Alejandría, su misión inicial en ese barco, Phillipe... Pero no podía.
-Sí, sí, no ha sido nada. Gracias por todo, Ricardo.
Se acercaron a la mesa y Ricardo siguió el segundo consejo de Ainhoa: cederle la silla a Julia. Ella respondió a su gesto con una sonrisa mientras se sentaba, y Ricardo hizo lo mismo en el lado contrario de la mesa. La cena siguió sin problemas, los dos hablaron de todo y de nada, de cosas triviales, de anécdotas con amores pasados... El capitán consiguió que Julia se riese más de una vez, ella no había estado equivocada cuando pensó que se lo pasaría bien.

Mientras tanto, en un bote cerca del Estrella Polar...

Philippe acababa de desmayarse y Matthieu y André, el que se había quedado esperando en el bote, no sabían qué hacer. Todavía estaban algo alejados de su barco y tendrían que entrar sin levantar sospechas, lo que sería casi imposible con Phillipe en ese estado. Además, una vez allí, ¿cómo explicarían lo que había pasado? La sangre seguía manando de la herida del hombre y si un médico no lo atendía pronto sería demasiado tarde... Matthieu no podía dejar que su amigo muriese, así que se giró a André con una mirada muy seria.
-Da la vuelta, volvemos al Estrella Polar.

En el camarote de Ricardo...

Ricardo y Julia estaban hablando de cuando Ainhoa era pequeña, y la mujer no podía parar de reír.
-Y entonces dijo que con su capa nueva podría volar, y se subió al árbol del jardín. ¡Tuve que trepar para bajarla de ahí!
Estaban ya tomando el postre. Julia cogió su copa de vino y le dio un sorbo, mientras con la otra mano se colocaba el pelo detrás de la oreja y se tocaba levemente el lóbulo. Ricardo abrió los ojos con fuerza y a su mente llegó el tercer consejo de Ainhoa: “Si se toca el pelo o una oreja, ¡lánzate!”. ¿Qué hacía? ¿Se lanzaba? Los otros dos consejos habían ido bien, así que... El hombre se levantó de su silla y se sentó en la que estaba junto a Julia, y le cogió la mano.
-Está preciosa esta noche, doctora.
Había algo en sus ojos que lo llamaba sin cesar, así que los dos fueron acercándose el uno al otro, poco a poco, dispuestos a hacer algo que llevaban esperando mucho tiempo... cuando la puerta se abrió de golpe, y los dos se separaron sobresaltados. Era De la Cuadra.
-Siento interrumpir, Ricardo, pero unos gabachos se han colado en el barco. He herido a uno con un arpón y parece que hay que operarlo de urgencia. Andrea iba a hacerse cargo, pero los otros dos franchutes no la dejan acercarse a la camilla. No hacen otra cosa que parlotear en francés y decir el nombre de la doctora Wilson.
-¡¡Phillipe!! -La cara de Julia se convirtió en un poema, y la doctora se levantó rápidamente y salió por la puerta directa hacia la enfermería.
“¿Phillipe?” se preguntó Ricardo. Ese nombre le sonaba familiar, pero no sabía por qué... Y entonces se acordó. Phillipe era el novio de Julia.

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